El 28 de junio se celebraron 40 años de las revueltas que dieron origen a los movimientos GLBT que actualmente se abrogan el derecho de representar a todos aquellos que no se califican a sí mismos como heterosexuales. Lo que una vez fue una protesta callejera hoy en día se ha convertido en una edición extemporánea de un carnaval internacional que, según interpreto, más que reivindicar derechos intenta ser una bofetada a los intolerantes.
No me sentía en capacidad de explicar lo que siento con relación al Día del Orgullo gay, por esa razón no escribí sobre él antes, pero mientras intentaba comentar el post de Monchis me explaye sobre el tema, así que preferí traer ese texto a este espacio.
Creo que nadie que me haya leído con detenimiento tendrá dudas sobre lo satisfecho que me siento conmigo mismo y las maneras como exijo y reclamo el derecho a vivir y ser feliz siendo el gay que soy, pero el asunto este del "orgullo" no lo entiendo bien.
Siento y creo que insistir tanto en nuestras diferencias nos alejan de quienes son diferentes a nosotros, ser gay es un aspecto más en nuestras vidas, uno muy importante, sí, pero uno más al fin y al cabo.
Etiquetas como "responsable", "leal", "confiable" o cosas parecidas me satisfacen más. ¿Qué importancia tiene con quién me acuesto o a quién amo a la hora de hacer mi trabajo o de ser buen amigo, hijo o hermano? He dicho muchas veces que la persona que soy me gusta mucho y que soy lo que soy en gran medida gracias al hecho de ser homosexual, pero no es menos cierto que muy probablemente hubiese terminado siendo igual de buena o mala persona de haber resultado ser del otro lado.
Estoy orgulloso de ser persona, de ser humano, de ser una buena persona y de esforzarme por encarnar lo que se ha convenido llamar "humanidad" para diferenciar esas cualidades de las que detentaron ejemplares como Hitler o Idi Amin, siendo extremista. Ser gays no nos hace mejores personas, los sabemos bien, que a muchos que detentan el mismo título no los sentaríamos a nuestras mesas bajo ninguna circunstancia.
Soy humano, uno de los buenos, eso me describe mejor y es mi razón principal para sentirme orgulloso de quien soy.
miércoles 1 de julio de 2009
viernes 26 de junio de 2009
He sido testigo del fin de una era
El Rey ha muerto. La mujer que hipnotizó a millones también. Todo a escasos 17 días de mi cumpleaños número 40, como para que no me queden dudas que una era, la de mi primera juventud, ha llegado a su fin.
Recuerdo como si fuera hoy que hace cerca de 30 años mi vecina de al lado se lamentaba por la partida de Farrah Fawcett de "Los Ángeles de Charlie", ella no sólo no entendía cómo podían seguir adelante sin Jill Munroe, el personaje interpretado por la que fuera la esposa del Hombre Nuclear, sino que ansiaba su regreso a la serie en cualquier momento. Pobres e inocentes chicos latinos, qué íbamos a saber nosotros de discusiones contractuales, litigios y demandas por incumplimiento de contrato en las televisoras norteamericanas en una época sin internet.
De todos modos Farrah nunca nos abandonó, ni a mi vecina, ni a mi, ni a la mayoría de ustedes, mis queridos lectores. Les aseguro que los álbumes de descoloridas fotos de su infancia están plagados de retratos de mujeres luciendo largas cabelleras cortadas en capas, secadas con las puntas hacia afuera, imitando la melena más famosa de la televisión mundial.
Recuerdo que en nuestras acostumbradas vacaciones en Aruba nos atiborrábamos de chicle de determinada marca que ya no recuerdo-algo tenía que olvidar-, sólo para poder completar las barajitas con las que se armaba un poster de Los Ángeles de Charlie con la misma imagen del afiche que estaba pegado en el techo del cuarto de mi vecina y que permaneció ahí durante años y años. Farrah ha muerto y su larga cabellera ya no ondeará al viento y su lucha contra el cáncer, su labor de sensibilización sobre esta enfermedad y su apoyo a las luchas por los derechos civiles se han ido con ella.
Mientras Farrah enloquecía al mundo con su rubia melena, los oídos de los norteamericanos y del mundo se enternecían al escuchar la voz de un niño que rompía las barreras de la raza y se convirtió, según entiendo el mundo, en el primer niño afrodescendiente en impactar a todo el planeta con su arte, junto a cuatro de sus hermanos: Michael Jackson, el menor de los Jackson's Five.
Todavía recuerdo cuando, el mismo año que presentó a Lee Majors, Amador Bendayan llevó al plató de Sábado Sensacional a este grupo de negritos que cantaron "ei, bi, ci, guan, tu, tri" y la canción más tierna que se le puede cantar a una rata asesina -"Ben"- en la Venezuela del dolar a 4,30, cuando eramos ricos y libres y no lo sabíamos.
El niño creció, y en pleno 1983 lanzó al mundo el disco que ha alcanzado el título del más vendido en la historia, con más de 108 millones de copias: Thriller, con el que revolucionó la música, el baile, los videos musicales y la puesta en escena de espectáculos en vivo. Todos en mi generación queríamos la chaqueta roja con cierres por todos lados; todos hicimos, con mayor o menor éxito, el paso de la caminata lunar; todos quedamos con la boca abierta cuando lo veíamos balancearse en ángulos de 45°, de un lado a otro, sin perder el equilibrio, sin temblar, demostrando quién era el Rey. Luego enloqueció.
Le dio por parecerse a Diana Ross, por hacerse blanco, por casarse con la única que podía ser su esposa: la hija de Elvis Presley, el Rey que le precedió; por cometer actos pedofílicos, por alquilar vientre para tener hijos, por arriesgar la vida de uno de ellos al sacarlo por un balcón, por deformarse a punta de bisturí hasta convertirse en una caricatura ridícula y risible. Pero, ojo, nadie nos quita lo bailao y fue mucho lo que mi generación se movió al ritmo de sus canciones.
El Rey ha muerto, el ícono de la belleza femenina de una década también, y en una época donde el escándalo sustituye al talento (¿Quién dijo Britney?), sólo me queda afirmar que he sido testigo del fin de una era.
Recuerdo como si fuera hoy que hace cerca de 30 años mi vecina de al lado se lamentaba por la partida de Farrah Fawcett de "Los Ángeles de Charlie", ella no sólo no entendía cómo podían seguir adelante sin Jill Munroe, el personaje interpretado por la que fuera la esposa del Hombre Nuclear, sino que ansiaba su regreso a la serie en cualquier momento. Pobres e inocentes chicos latinos, qué íbamos a saber nosotros de discusiones contractuales, litigios y demandas por incumplimiento de contrato en las televisoras norteamericanas en una época sin internet.
De todos modos Farrah nunca nos abandonó, ni a mi vecina, ni a mi, ni a la mayoría de ustedes, mis queridos lectores. Les aseguro que los álbumes de descoloridas fotos de su infancia están plagados de retratos de mujeres luciendo largas cabelleras cortadas en capas, secadas con las puntas hacia afuera, imitando la melena más famosa de la televisión mundial.
Recuerdo que en nuestras acostumbradas vacaciones en Aruba nos atiborrábamos de chicle de determinada marca que ya no recuerdo-algo tenía que olvidar-, sólo para poder completar las barajitas con las que se armaba un poster de Los Ángeles de Charlie con la misma imagen del afiche que estaba pegado en el techo del cuarto de mi vecina y que permaneció ahí durante años y años. Farrah ha muerto y su larga cabellera ya no ondeará al viento y su lucha contra el cáncer, su labor de sensibilización sobre esta enfermedad y su apoyo a las luchas por los derechos civiles se han ido con ella.
Mientras Farrah enloquecía al mundo con su rubia melena, los oídos de los norteamericanos y del mundo se enternecían al escuchar la voz de un niño que rompía las barreras de la raza y se convirtió, según entiendo el mundo, en el primer niño afrodescendiente en impactar a todo el planeta con su arte, junto a cuatro de sus hermanos: Michael Jackson, el menor de los Jackson's Five.
Todavía recuerdo cuando, el mismo año que presentó a Lee Majors, Amador Bendayan llevó al plató de Sábado Sensacional a este grupo de negritos que cantaron "ei, bi, ci, guan, tu, tri" y la canción más tierna que se le puede cantar a una rata asesina -"Ben"- en la Venezuela del dolar a 4,30, cuando eramos ricos y libres y no lo sabíamos.
El niño creció, y en pleno 1983 lanzó al mundo el disco que ha alcanzado el título del más vendido en la historia, con más de 108 millones de copias: Thriller, con el que revolucionó la música, el baile, los videos musicales y la puesta en escena de espectáculos en vivo. Todos en mi generación queríamos la chaqueta roja con cierres por todos lados; todos hicimos, con mayor o menor éxito, el paso de la caminata lunar; todos quedamos con la boca abierta cuando lo veíamos balancearse en ángulos de 45°, de un lado a otro, sin perder el equilibrio, sin temblar, demostrando quién era el Rey. Luego enloqueció.
Le dio por parecerse a Diana Ross, por hacerse blanco, por casarse con la única que podía ser su esposa: la hija de Elvis Presley, el Rey que le precedió; por cometer actos pedofílicos, por alquilar vientre para tener hijos, por arriesgar la vida de uno de ellos al sacarlo por un balcón, por deformarse a punta de bisturí hasta convertirse en una caricatura ridícula y risible. Pero, ojo, nadie nos quita lo bailao y fue mucho lo que mi generación se movió al ritmo de sus canciones.
El Rey ha muerto, el ícono de la belleza femenina de una década también, y en una época donde el escándalo sustituye al talento (¿Quién dijo Britney?), sólo me queda afirmar que he sido testigo del fin de una era.
viernes 15 de mayo de 2009
Ni siquiera sé si voy a madurar, mucho menos cuándo...
En muy pocos días cumpliré 40 años y desde que fui consciente de eso me he estado preguntando en qué momento comenzaré a ser víctima de la "crisis" de la cuarta década a la que se supone nos vemos sometidos los hombres al llegar a esa edad en la que, según entiendo, nos da por volver a ser adolescentes.
Mis amigos dicen que ando obsesionado con el tema, que pareciera que quiero dejar por sentado y sin lugar a dudas que he envejecido y me piden les explique cuál es mi empeño en presentarme como el viejo que no soy, y la verdad es que no creo estar viejo, sólo estoy agradecido por haber dejado atrás el tiempo de las urgencias hormonales, de las erecciones incontroladas y en el que creí que no necesitaba los afectos y que con el sexo me bastaba.
Pero son muchas las interrogantes que me vienen a la mente sobre esto: ¿Los gays también sufrimos de la crisis de los 40? ¿Volveré a comportarme como adolescente? ¿Querré una segunda juventud para hacer lo que nunca me atreví hacer? ¿Acaso hay alguna cosa que no me haya atrevido a hacer en plena explosión hormonal? ¿Maduramos completamente los homosexuales?
Hasta ahora sólo tengo en claro pocas cosas, la primera de ellas es que la madurez no es como me la pintaron.
Cuando era niño muchas veces me regañaron por inquieto, algunos intolerantes me llamaron inmaduro y se lamentaban por mi conducta, "¡Yo no sé cuándo vas a madurar!", decían para inmediatamente pontificar sobre las virtudes de la madurez y lo deseable que resulta que todas las personas fueran serias, comedidas y bien comportadas. ¿Cuántas veces me habré visto sometido a tanta pendejada junta?
No sé el resto de ustedes, pero yo muy serio que digamos no he sido, entendiendo la seriedad como malhumor y poco afecto a la risa y las bromas. Todavía no logro verle lo positivo a dejar de sonreír ni a entender por qué la risa es sinónimo de irresponsabilidad. Yo cumplo con mis obligaciones, trabajo, pago mis deudas y no le quito dinero a nadie, al menos no sin una buena razón (como seis meses continuos de desempleo, por ejemplo).
Otra cosa es lo referente a la diferencia entre homosexuales y los del otro lado. Reunirme con mis amigos heterosexuales muchas veces llega a ser bastante aburrido pues, la verdad, los rollos que se montan con sus esposas, los intríngulis de sus infidelidades, las proezas de sus hijos, o las virtudes de ahora beber güisqui mayor de edad en lugar de caña clara me traen sin cuidado en la mayoría de los casos.
Esto me lleva al punto que me hace pensar que quizás sí enfrente una crisis por la edad: los amigos. El común de mis amigos gays -que son con quienes más tiempo paso- son en promedio 10 o más años menores que yo, algunos bastante más, para ser sincero, en conjunto son un montón de jóvenes profesionales que disfrutan tanto de unas cervezas en el jardín como una ocasional salida a bar, antro o cosa que se antoje, con quienes se puede salir a la playa o a la montaña por un fin de semana o más y que, al igual que yo, no tienen que pensar en pagar matrículas escolares, toallas sanitarias, pastillas anticonceptivas o en si en casa les espera alguien con una sartén en la mano.
En promedio no tienen que ocuparse de la salud de sus padres y tampoco viven una frustrada paternidad a través de los sobrinos y los ahijados, viven su vida, tratan de obtener la vida que quieren y disfrutan de la gente que vive y piensa como ellos, entre los que me incluyo.
No tengo casa propia, no tengo auto, pero tengo una vida que me gusta; he vivido en las ciudades que me ha parecido, he trabajado donde he querido y sólo en una oportunidad he tenido que aceptar un trabajo que en verdad no habría aceptado bajo otras circunstancias.
Creo no equivocarme si sostengo que cerca de un 70% de mi plan de vida se ha visto cumplido y recién hace unos meses ese plan incluye casa y auto propios, por lo que me atrevo a pensar que también esa parte la alcanzaré sin mayor problema.
Sigo solo, a lo mejor y nunca más vuelva a enamorarme, o lo que es peor: a lo mejor nunca más nadie vuelva a enamorarse de mi; no sé si la obligada reflexión autoinflingida sobre este momento histórico en mi vida me lleve a un nuevo estadio, sólo sé que el próximo lunes cumplo 40 años y a pesar que no soy el que muchos soñaron que fuera, soy uno que me gusta mucho.
Mis amigos dicen que ando obsesionado con el tema, que pareciera que quiero dejar por sentado y sin lugar a dudas que he envejecido y me piden les explique cuál es mi empeño en presentarme como el viejo que no soy, y la verdad es que no creo estar viejo, sólo estoy agradecido por haber dejado atrás el tiempo de las urgencias hormonales, de las erecciones incontroladas y en el que creí que no necesitaba los afectos y que con el sexo me bastaba.
Pero son muchas las interrogantes que me vienen a la mente sobre esto: ¿Los gays también sufrimos de la crisis de los 40? ¿Volveré a comportarme como adolescente? ¿Querré una segunda juventud para hacer lo que nunca me atreví hacer? ¿Acaso hay alguna cosa que no me haya atrevido a hacer en plena explosión hormonal? ¿Maduramos completamente los homosexuales?
Hasta ahora sólo tengo en claro pocas cosas, la primera de ellas es que la madurez no es como me la pintaron.
Cuando era niño muchas veces me regañaron por inquieto, algunos intolerantes me llamaron inmaduro y se lamentaban por mi conducta, "¡Yo no sé cuándo vas a madurar!", decían para inmediatamente pontificar sobre las virtudes de la madurez y lo deseable que resulta que todas las personas fueran serias, comedidas y bien comportadas. ¿Cuántas veces me habré visto sometido a tanta pendejada junta?
No sé el resto de ustedes, pero yo muy serio que digamos no he sido, entendiendo la seriedad como malhumor y poco afecto a la risa y las bromas. Todavía no logro verle lo positivo a dejar de sonreír ni a entender por qué la risa es sinónimo de irresponsabilidad. Yo cumplo con mis obligaciones, trabajo, pago mis deudas y no le quito dinero a nadie, al menos no sin una buena razón (como seis meses continuos de desempleo, por ejemplo).
Otra cosa es lo referente a la diferencia entre homosexuales y los del otro lado. Reunirme con mis amigos heterosexuales muchas veces llega a ser bastante aburrido pues, la verdad, los rollos que se montan con sus esposas, los intríngulis de sus infidelidades, las proezas de sus hijos, o las virtudes de ahora beber güisqui mayor de edad en lugar de caña clara me traen sin cuidado en la mayoría de los casos.
Esto me lleva al punto que me hace pensar que quizás sí enfrente una crisis por la edad: los amigos. El común de mis amigos gays -que son con quienes más tiempo paso- son en promedio 10 o más años menores que yo, algunos bastante más, para ser sincero, en conjunto son un montón de jóvenes profesionales que disfrutan tanto de unas cervezas en el jardín como una ocasional salida a bar, antro o cosa que se antoje, con quienes se puede salir a la playa o a la montaña por un fin de semana o más y que, al igual que yo, no tienen que pensar en pagar matrículas escolares, toallas sanitarias, pastillas anticonceptivas o en si en casa les espera alguien con una sartén en la mano.
En promedio no tienen que ocuparse de la salud de sus padres y tampoco viven una frustrada paternidad a través de los sobrinos y los ahijados, viven su vida, tratan de obtener la vida que quieren y disfrutan de la gente que vive y piensa como ellos, entre los que me incluyo.
No tengo casa propia, no tengo auto, pero tengo una vida que me gusta; he vivido en las ciudades que me ha parecido, he trabajado donde he querido y sólo en una oportunidad he tenido que aceptar un trabajo que en verdad no habría aceptado bajo otras circunstancias.
Creo no equivocarme si sostengo que cerca de un 70% de mi plan de vida se ha visto cumplido y recién hace unos meses ese plan incluye casa y auto propios, por lo que me atrevo a pensar que también esa parte la alcanzaré sin mayor problema.
Sigo solo, a lo mejor y nunca más vuelva a enamorarme, o lo que es peor: a lo mejor nunca más nadie vuelva a enamorarse de mi; no sé si la obligada reflexión autoinflingida sobre este momento histórico en mi vida me lleve a un nuevo estadio, sólo sé que el próximo lunes cumplo 40 años y a pesar que no soy el que muchos soñaron que fuera, soy uno que me gusta mucho.
sábado 21 de marzo de 2009
Otra de interés
Como que por fin vamos a pegar una aquí
Venezuela legalizará uniones homosexuales como "asociaciones de convivencia"
Caracas, 20 mar (EFE).- El Parlamento unicameral venezolano legalizará próximamente las uniones homosexuales y las reconocerá como "asociaciones de convivencia", informó hoy la diputada Romelia Matute.
"Está casi listo el informe para segunda (y definitiva) discusión del Proyecto de Ley Orgánica para la Equidad e Igualdad de Género", que incluirá un artículo que permitirá "la unión entre dos personas del mismo sexo y se decidió llamarla asociaciones de convivencia", declaró la legisladora a los periodistas.
Explicó que para ello los diputados de la Asamblea Nacional, de mayoría afín al Gobierno del presidente Hugo Chávez, se han reunido en diversas oportunidades con representantes de organizaciones de homosexuales, quienes solicitaron tal inclusión como "asociaciones de convivencia".
El respeto de los derechos humanos, "sin importar su orientación sexual", agregó, permitirá que dos personas del mismo sexo "puedan unirse legalmente y que esto tenga efectos jurídicos y patrimoniales, como ha ocurrido en muchos países como México, España, entre otros".
Matute previó que "no faltará quien diga que es una burla a la Constitución" que los diputados legalicen el asunto, pero insistió en que "no es una burla porque no está prohibido, no constituye un delito, que dos personas puedan unirse legalmente".
La Constitución venezolana establece, recordó, que toda persona tiene el derecho a ejercer la orientación e identidad sexual de su preferencia, de forma libre y sin discriminación alguna.
En consecuencia, prosiguió la legisladora, "el Estado reconocerá las asociaciones de convivencia constituidas entre dos personas del mismo sexo, por el mutuo acuerdo y el libre consentimiento, con plenos efectos jurídicos y patrimoniales".
"Quien en ejercicio de la libertad a que se refiere este artículo cambiare de género por causas quirúrgicas o de otra índole, tiene derecho al reconocimiento de su identidad y la expedición o modificación de los documentos asociados a la identificación", especificó.
Asimismo, dijo que el Estado "garantizará los medios médico-asistenciales que sean necesarios" para la "cabal inserción y reconocimiento social en condiciones de igualdad" de los homosexuales. EFE
lunes 9 de marzo de 2009
El 12 de mayo de 1983 fue domingo
Dice Alba, la bruja mayor de Calabozo, en el estado Guárico, que "uno nunca sabe cuándo está haciendo un recuerdo", esta historia lo confirma.
Para Carlos y Lorena, los quise y los quiero todavía.
Casi hacen 26 años que conocí a la primera chica que besé. Casi se cumplen 26 años del día en que me presentaron al primer chico del que creí estar enamorado. Era el segundo domingo de mayo, cuando en Venezuela celebramos el Día de la Madre, yo tenía 13 años, ellos 12 cada uno, y por primera vez en mi vida pasaba esa efeméride lejos de mi mamá, lejos de la casa donde hasta hacía dos semanas había pasado toda mi existencia, enviado a vivir junto a las dos personas que más conflictos me generaron durante toda mi infancia y mi adolescencia: mi padre y mi hermano mayor.
Me habían transplantado de ciudad, de familia, de contexto, y la única razón con la que me animaba a mi mismo a seguir adelante era pensar "aquí nadie me conoce, aquí tendré la opotunidad de cambiar", como si dejar de ser homosexual se determinara como se determina hacer una dieta, salir de viaje o comprar un libro. Como si ser marico fuera un asunto de exteriores, de lo que la gente cree saber de ti , de lo que creen ver o pretenden entender sobre algo que le es completamente ajeno.
Estaba cargado de miedos, acostumbrado a esconderme, a disimular, a intentar fingir para esconder lo inocultable, siendo como era, afectado en mis movimientos y manera de hablar, de voz aflautada, delicado y torpe para los deportes. Todo un cliché.
Me sentía solo, desarraigado, sin contexto y luchaba -ahora puedo darle nombre- por hacerme de un entramado social y afectivo que me permitiera seguir en pie, seguir viviendo lejos de lo que representaba estar en la misma casa sólo con las dos personas que más aversión me generaban en esos momentos de mi vida, lo que era poco más que estar solo.
Era domingo y había una verbena en el colegio en el que estudiaban unos primos que apenas conocí una semana antes, eran los únicos que conocía y era lo único que tenía para hacer que me permitía estar fuera de casa. Yo no entendía eso de verbena en el día de la madre, en Maracaibo eso es -o era en mis tiempos de muchacho- algo impensable. Ese día o estabas reunido en familia con tu madre, tu abuela y todas tus tías o eras un desnaturalizado, pero para los efectos yo no tenía madre, así que huí a la calle.
Ese día pasaron cosas importantes, tanto que puedo asegurar que me cambiaron la vida, todavía veo en mi memoria muchos detalles de la jornada. Yo vestía un pantalón blanco de lino, una chemise roja de la marca del caimancito, sin bolsillo y de niña, pues tenía los botones del lado izquierdo. Mi propia versión de Miami Vice.
Al llegar mi primo me presentó "en sociedad", me acercó a sus compañeros de colegio y selló con eso los siete meses más intensos que viví hasta entonces y por mucho tiempo. Ese día me hice de amigos, fui popular, conseguí novia sin quererlo ni desearlo y me di cuenta que podía ocupar un lugar importante en la vida de gente que me estaba agradando mucho.
Recuerdo que pagué por entrar en el salón en el que se bailaba con una miniteca, recuerdo que luego de verme bailar algunas chicas pagaron la entrada para que bailara con ellas. Pagué por ver una película, no recuerdo cuál, pero sí recuerdo que fue allí donde logré entablar amistad con el chico de 12 años más lindo del planeta, allí me planté hasta hacerme su amigo.
Ese día mi autoestima se selló de tal manera que pocos meses después, a pesar de tener novia y ser popular tuve el valor de reconocer internamente y en voz alta que era homosexual y que, como se lo dije a mis amigos de esa época, no iba a cambiar por nadie y era decisión de ellos o no aceptarme, pero yo no podía hacer nada y no quería hacer nada para cambiar el que yo era.
A los 13 años es muy importante saber que gustas, contar con buenos amigos y tener la oportunidad de ser quien eres. Carlos y Lorena me dieron esa oportunidad y 26 años después todavía se los agradezco.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




